Paréntesis

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Nos encontramos en lo que los franceses llaman un “impasse”, expresión que se podría traducir desde por callejón sin salida hasta por punto muerto, aunque no son lo mismo una cosa que la otra. El periodo vacacional parece haber truncado el devenir del complejo proceso político, económico y social, en el que nos encontrábamos. Las decisiones se han pospuesto, las grandes declaraciones se han callado y se han descruzado los dedos para darles su merecido descanso con vistas a la “rentrée”, otro término francés, en la que volverán a cruzarse con fervor en espera de que ese gesto entre infantil y supersticioso genere la taumaturgia que se necesita. Porque verdaderamente milagrosos han de ser los hechos que nos salven de nuestro futuro más próximo y definitivo.
No nos dejemos engañar por las apariencias. Ni los estrés test han cambiado nada ni los balances de los bancos han mejorado por ensalmo. Ni la creación de empleo estacional está aquí para quedarse ni las reformas (laboral, de jubilación y pensiones, sanitaria, energética, etc.) se detendrán. Ni el guirigay político cainita desaparecerá ni de las ineludibles órdenes europeas e internacionales, de obligado cumplimiento, nos libraremos. Si nos preocupamos de buscar las verdaderas voces entendidas, las que hablan sin paños calientes ni brotes verdes, las que analizan realmente los datos de los que disponemos, se dibuja un panorama en el que las palabras que nuestras autoridades pronuncian con ilusorio fervor (recuperación, crecimiento, creación de empleo, cambio de modelo productivo) carecen de sentido. El modelo en el que hemos vivido hasta ahora, basado en el crédito (o sea en endeudarse ad infinítum), se ha agotado. El crecimiento de la economía que hemos tenido desde el “España va bien” hasta ahora no volverá. No sólo no se creará más empleo sino que se destruirá, porque en el futuro hacia el que vamos no hará falta tanta mano de obra (en especial de la poco cualificada en la que España es tan puntera). No habrá cambio de modelo productivo porque para que lo hubiera serían necesarias unas condiciones económicas muy favorables y una grandísima inversión, y no tenemos ni tendremos de ninguna de ambas cosas. Nuestro sistema bancario deberá afrontar, más pronto o más tarde, un ajuste de sus balances para reconocer el verdadero valor de las cosas, ajuste que nos hará a todos un poco más pobres (a unos más que a otros). Nuestro particular estado del bienestar sufrirá una poda hasta las raíces para dejarnos una sociedad en la que pagaremos por la atención sanitaria que recibamos o por el verdadero valor de la energía que consumamos. Una sociedad en la que jubilarse costará más años de cotización para recibir menos pensión o en el que las prestaciones por desempleo se reducirán y muchos parados se verán abocados al perenne cobro de la pensión de subsistencia (que nuestras autoridades instauraron provisionalmente, pero que han decidido hacer permanente previendo la que se avecina).
De todo lo anterior y más cosas, no me subleva tanto el hecho de si pudo haberse evitado o no, como la pertinaz, interesada e incluso criminal mentira en la que nuestras autoridades nos han sumido durante tanto tiempo. Mentira que impide a unos (PSOE) dar paso a posibles alternativas de gobierno, puesto que les supondría un descalabro tal que los sumiría en un pozo sin fondo durante mucho tiempo. Mentira, también, de la que se aprovechan otros (PP) para reclamar elecciones a sabiendas que no las habrá, pues ni locos querrían hacerse cargo del descomunal marrón en estos momentos.
Volviendo al principio, sólo nos queda decidir en donde nos encontramos: ¿Callejón sin salida? ¿Punto muerto? En el segundo pareciera que hay un hilo de esperanza de la que carece el primero, pero me parece que nos va a dar igual.